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Oscar Poltronieri: “Todo lo que hice fue por mi Patria, mi familia, mis amigos…”

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El mercedino es el máximo héroe vivo que tiene la Argentina, y su valor en combate la valió la única “Cruz Nación Argentina” que se otorgara a un soldado raso, en nuestra historia • A treinta años, el recuerdo y las deudas con nuestros combatientes.

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Por Yesica Landola

Oscar Ismael Poltronieri es reconocido como el máximo héroe civil, vivo, que tiene la Argentina. Y así lo indica que haya sido merecedor de la única “Cruz Nación Argentina”, el máximo y único galardón al “Heroico valor en combate” que el Ejército Argentino otorgara a un soldado raso, en la historia de nuestro país.

“Poltro”, como lo conocen sus amigos, nació el 3 de febrero de 1962 en Mercedes. Era un soldado analfabeto cuando fue a combatir a Malvinas, apenas cursó algunos grados en la Escuela Nº 11. Tenía 19 años.

Antes de cumplir el servicio militar era cuidador de caballos de polo en un haras en Mar del Plata. Un día, un compañero suyo de la misma categoría recibió una carta para que se presentara a hacer la colimba. Seguro de que también se la enviarían, regresó a su casa y se presentó en Ramos Mejía donde luego de varios exámenes médicos le dijeron que debía esperar. Llegada la fecha, junto a otros mercedinos se acercó al Regimiento 6, con base en nuestra ciudad. Allí lo esperaba la carta que él intuía llegaría a su poder, aunque aún no las habían enviado.

A un día de culminar el servicio fueron llevados a Malvinas. No les avisaron. Y por cuestiones del destino no pudo saludar a sus padres antes de partir.

Poltronieri llegó a Puerto Argentino el 13 de abril en un avión. “Me acuerdo de que el capitán del avión nos habló, nos dijo que lo único que podía hacer por nosotros era traernos comestibles; que todo lo que habíamos aprendido en el cuartel teníamos que ponerlo en práctica en las islas. Que a él le gustaría estar con nosotros. Y se largó a llorar el tipo… Ahí recién nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio,  que estábamos en Malvinas y que teníamos que pelear”, recuerda. Y allí estuvo poco más de un mes, practicando rutinas a desarrollar en el combate para arrojarse de helicópteros en líneas de fuego, rutina que nunca llegó a poner en práctica.

Los meses pasaron rápidamente. Actos de real heroísmo lo llevaron a ser reconocido tanto por sus semejantes, superiores, el Ejército Nacional y hasta el inglés.

Después del combate en la perla austral, como a todos los combatientes le sucedió, debió enfrentar una guerra peor: sobrevivir a las miradas de vergüenza por una derrota que no era la suya; el desprecio y la falta de trabajo. Y es que se generó una gran mística al inicio de la guerra en Malvinas pero se les desvió la mirada después de la rendición de Puerto Argentino, el 14 de junio de 1982.

Con un poco de suerte trabajó en una empresa lechera, vendió periódicos y calcomanías de la Casa del Veterano de Guerra y trabajó en el Estado Mayor del Ejército.

Su vida y sus proezas fueron descritas en más de una oportunidad, hasta en documentales. El relato siempre es el mismo, pero palabras más palabras menos Poltronieri es y será eternizado como uno de los mayores héroes de la historia de nuestro país.

De dialecto sencillo, de hombre de campo; el servicio hacia los demás hoy sigue presente y se puede apreciar a su regreso a su ciudad luego de vivir en Entre Ríos varios años en el marco de charlas que organiza con fines solidarios recolectando alimentos para quienes más lo necesitan.

Hoy, un 2 de abril, a treinta años del conflicto bélico más que nunca, el reconocimiento de todos los argentinos debería hacerse presente como debió estar desde un principio para él y tantos soldados que lucharon por la Patria.

 

El héroe del Monte Dos Hermanas

Este no es solo el título que se valió Poltronieri, sino también el de un documental que narró su historia y ganó el concurso Bicentenario, dirigido por Rodrigo Vila. Gracias a esto, el héroe pudo volver a pisar las tierras que lo vieron surgir como tal.

¿Qué recuerdos surgen de ese momento?

– Yo estaba en el monte Dos Hermanas. Una noche estaba de guardia en la posición adelantada y escucho unas voces raras. No eran de los nuestros, no entendía lo que decían. Le aviso al Teniente, que viene con visor nocturno. Los tipos estaban a 50 metros. Los ingleses venían todos amontonados, tirando tiros por cualquier parte, gritando, tocando el tambor.

Cuando venía un compañero de curso del teniente que me mandaba a mí, que se llamaba Llambías Pravaz, yo le pedía los binoculares y él me los prestaba. Así vi cómo desembarcaron los ingleses. Pasaron unos días desde el desembarco hasta que llegaron adonde estábamos nosotros. Tomaron todo a las corridas. Mataron a un montón del regimiento 4 de Corrientes. Y a nosotros nos rodearon en forma de medialuna. Yo estaba arriba, en el monte. Cuando los veo, serían las cinco o las seis de la mañana, en medio de la neblina. Allí matan a tres o cuatro de los soldados nuestros, todos cerca mío: a uno le tiran un morterazo y cae cerca mío. A otro una esquirla le da en la espalda. Y a otro -que trepa un poco el monte para montar la ametralladora- también lo bajan con una ráfaga de balas. Ese era Ramón, que era amigo mío. Yo pensé que si lo habían matado a él me iban a matar a mí también, ¿por qué me iba a salvar? A mí me dio como un ataque de locura y empecé a sacudirles con la MAG, que es una ametralladora pesada. Mi abastecedor estaba cansado de ponerle las cintas de balas a la MAG, pero yo seguía tirando.

Atrás de unas piedras estábamos nosotros amontonados, y a la orden de retirada, todos mis compañeros comenzaron a salir de sus posiciones, se fueron replegando hasta que en un momento estoy con mi abastecedor y el ayudante apuntador. Entonces les digo a los pibes: “Váyanse, repliéguense, que yo me quedo solo”. Ellos no querían, me decían: “Negro, vayámonos todos, a vos solo te van a matar, te la van a dar”. Yo les contesté: “No váyanse ustedes, tienen familia, amigos, todo”. Yo también tengo familia, amigos, pero ellos siempre entienden. “¡Y váyanse de una vez, carajo, después voy a ir yo!”. Solamente quedaba cerca de mí un sargento, pero yo sabía que la señora de él, justo ese día había tenido una nena. Le había llegado un telegrama.

Las balas me pasaban cerquita: a las trazantes se las veía clarito. Él me decía: “Vámonos Poltronieri, que te van a matar”, pero yo le decía que se fueran ellos. “Usted tiene un nuevo hijo en el mundo y tiene que verlo. Repliéguese. Déjeme a mí solo. Yo soy soltero y prefiero morir yo, antes que usted. Me voy a arreglar”, le grité…. y me arreglé…

¿Qué sucedió luego?

– No le di bolilla y me quedé esperando que mi compañía se replegara. Hasta que se me acabaron las balas y empecé a repechar para Puerto Argentino.

En tres oportunidades me quedé solo con la ametralladora, dándoles tiempo a los otros a que se replegaran. Yo les disparaba, pero no sabía que los ingleses tenían chalecos antibalas; algunos se caían y luego se levantaban. Cuando me enteré me sorprendí mucho.

En esa oportunidad llegué a la tarde adonde estaba el batallón de Infantería de Marina 5. Les pregunté si sabían dónde estaba el 6 de Mercedes, porque yo quería juntarme con los míos. Me dijeron que cerca del cementerio, que era el punto de reunión. Cuando me vieron no lo podían creer: me habían dado por muerto. Allí me enteré de que se habían rendido a las diez de la mañana. Y recién como a las tres de la tarde nosotros habíamos dejado de combatir. Cuando vimos la bandera blanca colgada en el mástil, la mayoría nos largamos a llorar.

De allí fuimos al puerto, tres días esperamos el Barco que nos iba a llevar, el Bahía Paraíso. Ya éramos prisioneros, no podíamos salir de allí…

Yo pensaba, pensaba en lo que habíamos hecho y adonde íbamos, ahora…. yo estaba solo y lloraba de la bronca.

¿Qué lo motivó a hacer todo esto?

– Todo lo que hice fue por mi Patria, mi familia, mis amigos…

 

Sin reconocimiento

Un pasaje tristísimo de nuestra historia fue cómo el pueblo le dio la espalda a quienes dieron hasta sus vidas por el terruño.

¿Cómo fue el regreso de las islas?

– Nos llevaron al Hospital Militar, nos dieron de comer y nos tuvieron hasta el otro día, nos tomaron los datos, hicieron una planilla y mis propios compañeros me propusieron para la medalla. Después a nadie le importó nunca nada de nosotros. Cuando vinimos, no había nadie que nos esperara.

Cuando nos traían a Mercedes, al costado de la ruta, por cada pueblito que pasábamos, se veían un montoncito de chicos, algunos maestros. Nos trajeron escondidos: les debe haber parecido una vergüenza esa derrota nuestra.

Mi vieja estaba en el Hospital porque un día antes que yo llegara, habían ido los militares a casa y le habían dicho que estaba muerto, que no venía. Cuando me enteré enseguida quise ir, pero me decían que no me iban a dejar entrar, pero fui igual, cuando llegue no me dejaban pasar, y le dije: “si usted no me deja entrar, rompo todo. Usted que se piensa, yo recién vengo de la guerra y encuentro a mi madre tirada en una cama porque le dijeron que yo estaba muerto, y no estoy muerto, estoy vivo”.

Como no entraban en razón me fui por la escalera hasta el piso donde estaba y entré en la habitación justo que una enfermera le estaba por poner una inyección. “No le dé nada -le dije- no le dé ninguna inyección, la inyección ya esta acá, acá vine yo, ella esta mal por mí”. Mi mamá se levantó y le dije: “Quedate tranquila mamá, no llores, estoy vivo. Así que quedate tranquila”. Y me la llevé a casa esa misma tarde.

¿Cómo fue su vida después?

– Encontrar trabajo era difícil: si no decías que eras veterano y lo descubrías cuando ya habías entrado a trabajar, te echaban. Y si decías que eras veterano, no te llamaban.

No nos decían nada, pero a los veteranos nos tenían apartados. Sentí que nos dieron una puñalada por la espalda…

Entré a trabajar a La Serenísima gracias a Juan Carlos Mareco, que estaba en Canal 7. Estuve allí 17 años hasta que cambiaron de dueños y quisieron que me fuera para contratarme. Pero no acepté.

Después de más de 20 años la cosa fue mejorando de a poco. Nos dieron una pensión, que empezó siendo de 70 pesos. No era mucho, pero ayudaba a los que teníamos familias. Con la sucesión de gobierno la pensión fue aumentando. El gobierno de Néstor Kirchner, y el de la actual presidente, fueron los que más ayudaron a los veteranos. Hoy no podemos decir que estamos mal, estamos saliendo adelante.

¿Cómo se hace para superar esto?

– Es difícil. Pero hoy me ayuda dar clases en los colegios y ayudar a gente que no puede. Ahora tengo charlas en las escuelas y no cobro por esto. Junto mercaderías no perecederas para los comedores comunitarios. Hoy con mis compañeros de acá de Mercedes estamos haciendo todo esto y buscamos después los lugares para entregarlos. Nosotros nos sentimos bien así, a pesar que vivimos dos guerras.

El combatiente es muy especial y muchos que se suicidaron después porque no tuvieron contención. La situación a ellos les dio mucha bronca y tristeza, igual que a todos, pero la desesperación los llevó a tomar este camino.

Nosotros somos como hermanos. Hay cosas que ni con la familia se hablan, pero sí con los compañeros. Y gracias a que nos apoyamos entre todos muchos salieron adelante.

¿Qué sucede cada año al llegar esta fecha?

– Nosotros los días 14 de abril nos juntamos todos los hermanos en lo que era el Regimiento 6. Nos sentimos bien, estamos juntos y nos apoyamos para seguir.

 

La más alta distinción

“La Nación Argentina al heroico valor en combate”, es la leyenda que se puede leer en la Cruz de Malta que le fue entregada tiempo después de pelear en Malvinas. Y eso no fue todo, también atesora una importante cantidad de condecoraciones otorgadas por diversas entidades, incluidas las inglesas.

Los fundamentos para recibir este reconocimientos fueron múltiples, todos aplicables a su gallardía en el combate. Algunos sostienen que fue “por haberse convertido en un ejemplo para sus camaradas”, otros que había tenido espíritu de lucha, sencillez, arrojo, tanto que se ofreció como voluntario para misiones riesgosas y que en combate en los montes Dos Hermanas y Tumbledown; que operó eficazmente una ametralladora, deteniendo ataques enemigos; que fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado en ocasiones por los ingleses. Quizás uno de los argumentos más importantes fue que salvó la vida de cerca de 150 de sus compañeros, siendo él dado por muerto en varias ocasiones tras su heroica actuación. Pero siempre la vida le regaló otra oportunidad y logró volver a los suyos.

 

Regreso a Malvinas

Oscar volvió el año pasado a las Islas Malvinas. “Me la pasé llorando todo el camino y no sabés cómo me atendieron los ingleses allá. Fue impresionante”, aseguró.

Era algo que le faltaba. Una vez allá recorrió todo lo que pudo: el cementerio argentino, el lugar donde estuvo acantonado. “Prácticamente no dormí para andar por todos los lugares donde estuve, como el campo minado donde corría ovejas para poder comer”, añadió y recordó: “Como no teníamos comida, a veces bajábamos del cerro para matar un par de ovejas, sancocharlas (esto es la carne apenas cocida por fuera, aunque cruda por dentro) así nomás y comerlas”.

“Vine cambiado… sentí siempre que quería volver a pesar de todo lo que te pasa cuando ves caer a un compañero. Llegué de nuevo como en paz, porque estuve donde quería estar una vez más”, concluyó.

 

Autor: Redacción

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