Nicolás Omar Laurino: “El que toca a mi vieja, se muere”

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Aún recuerda el esfuerzo de su madre para llevar adelante la economía familiar en la crisis del 2001 • Fue inspector del Renar hasta que el machismo lo despidió • Hoy es empleado de desarrollo social donde trabaja con: “la que gente que estaba tirada como yo” • Canta en ‘Don Uste’ y una de sus canciones está dedicada a su abuelo: la original Loba Bomaggio. 

Por Agustín Castro

Primera nota del año. Tanto más calor que en la anterior. “Vos elegís el peor día de calor del año”, me dice Nicolás cuando llega. “Y sí…la prensa está para molestar”, le dijo y ambos nos reímos.

Sale a comprar cigarrillos y pido una cerveza. Estamos en la puerta de un lugar que supo ser un almacén de ramos generales que atendía un tal Laurino, su bisabuelo que trabajaba con su hijo Luis. Bajaron de los barcos italianos para hacerse la América en Mercedes, en una esquina “zarpada”, según la define Nicolás.

Su abuelo Luis la hereda y trabajaba con un tal Alfredo, al que Nico lo apodaba “tío”. Si bien no lo conocía muy bien, un día se acerca a tomar algo al barzucho que tenía en el garaje de su casa. Había ido con su primo Luis Ponce, dos pibes que escucharon con suma atención la historia del Bar Laurino que hoy revive con las primeras palabras de una entrevista extensa e intensa.

“Yo no me acuerdo de mi abuelo”, confiesa, sin embargo, haciendo un esfuerzo sobrehumano por recordar su imagen, veía en su cabeza las fotos que le mostraba Eduardo Laurino (Lalo), su papá. Y casi emocionado por el recuerdo se lamenta: “una lástima no haber podido comprar nada de lo que se remató”, como el mostrador del almacén que quedó en manos de una amiga de su esposa, en una quinta a la que ha asistido a varios eventos sin saber que donde se apoyaba a tomar una cerveza era el mostrador que pertenecía al almacén de su abuelo. Y ese día lo embargó una emoción terrible. No lo podía creer. Aún hoy el bar vende algunas cosas del viejo almacén de ramos generales que van quedando en distintos lugares de Mercedes y en las afueras de la ciudad, desintegrando de a poco un almacén que supo hacer historia en la línea temporal de los comercios de la ciudad.

Nicolás Omar Laurino se llamó así porque a sus padres les gustó el nombre Nicolás. Omar lo heredó de un tío de su padre. El “Loru”, seudónimo con el que lo bautizó el Colo Martín, su amigo de la infancia, y como lo conoce la mayoría de este pueblo. Actualmente trabaja en la secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de Mercedes, en el ex Unzué y canta en una banda que se llama Don Usté. Pero lo más importantes para él: es padre de Fidel y Benjamín, dos criaturas que le brindó su compañera que lo viene acompañando desde los 14 años: Cecilia Soledad Doñagueda.

El 10 de marzo de 1985 nace Lassandra Diarra, un célebre futbolista francés y Fito Páez saca “Giros”. Un 10 de marzo nace Pappo y también Alfredo Zitarroza, retrotrayéndonos a las efemérides cultural y futbolera, dos pasiones que nunca abandonaron al Loru, nacido en esa fecha en esta ciudad. Hijo de Eduardo Laurino y Silvia Bomaggio, que tuvieron posteriormente a Camila y Milagros.

Siempre vivieron en un “barrio medio bajón”, según lo define. La casa de la calle 18 entre 17 y 15, cuyo barrio no sabe cómo se llama. Recuerda que jugaba poco a la pelota en la calle porque pasaban muchos autos. Agarraba la bicicleta y se iba a dar vueltas a la Plaza San Luis. Solía juntarse con “los mismos de siempre”, parafraseando al Chizzo Nápoli, cantante de La Renga, una banda referente en su vida. Los mismos de siempre eran: Coco Belforte, el Colo Martín, Huguito Bassi y otros.

Recuerda también que en su casa tenían una máquina gigante envasadora de azúcar. Había una cantidad gigante de bolsitas que llenaban con azúcar y las repartía su viejo en una estanciera. Su padre trabajó también muchos años en el comedor del hospital. No se podía jubilar porque dependía de la privatización del sistema previsional a través de las famosas AFJP. No le daban los aportes. Finalmente, durante el kirchnerismo pudo jubilarse. Hoy confiesa que con su padre tiene una relación muy buena. “Estaba todo el día laburando mi viejo. Afuera de la casa. Pero la relación es buena. No tengo nada que reprocharle a ninguno de los dos”, confiesa refiriéndose a su madre que trabajó toda su vida de secretaria de OSECAC.

De pibe acudió al jardín del Colegio San Patricio. Del colegio verdeamarelo, recuerda muy buenas experiencias: “en el jardín éramos bastante malandras. Siempre algún quilombito nos mandábamos. Revoleábamos los juguetes para el otro lado y después dormíamos la siesta”, cuenta riendo. “Mucho fútbol: es una pasión que no pude cerrar. Los botines ya están colgados”, cuenta el sobrino de la Loba Bomaggio, quien en este momento despunta el vicio dirigiendo a los pibes del Club Ateneo. “Hoy si me pongo botines es para joder”, se sincera.

Durante la primaria se juntaba con Agustín Berrúa, El Monito Ramírez, Fernando Benítez, Carlitos Escudero, El Batata Panessi, todos pibes que lo acompañaron en los años posteriores hasta que entró al primer año de la secundaria del ciclo EGB de educación: “somos un país que traemos cosas de otros lados que no sirven”, afirma criticando el sistema educativo que le tocó transitar.

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A los 15 años, Loru inicia la secundaria. El primer año estuvo intervenido por un suceso que lo hizo madurar de repente y quizás por eso repitió. Según cuenta, fue una época muy “enquilombada”. Sus padres se separaron y su madre estuvo internada. Vivió un tiempo sólo en la casa de la 18, sin perjuicio de que tenía el apoyo de su tía Mónica Bomaggio y su tío Marcelo.

“Mi vieja se puso los pantalones de una forma tremenda. Muchas veces hizo de papá. Tomaba decisiones complicadas en la época del trueque. Estábamos bastante mal económicamente. Pero ella se puso la 10 y la cinta de capitán al toque. Me tengo que sacar el sombrero. Siempre estuvo atrás nuestro. A mí me seguía para todos lados. Desde los 4 años hasta que dejé de jugar al fútbol, miraba para la tribuna y estaba mi vieja. Siempre acompañándome”, reconoce. Durante la época de la crisis del 2001, recuerda que se ponía a cocinar budines para canjear por carne o lechuga, en la placita San Luis: “el que toca a mi vieja, muere”, sentencia parafraseando a su ídolo Pappo y aclarando que esto es una mera síntesis de lo que vivió con la ayuda de sus abuelos: la Iaia (Marta Laporta) y el Iaio (Omar “La Loba” original Bomaggio, el papá de la referencia de Lorusso, quien solía relatar sus goles, andando en bici, vociferando que ni Maradona ni Batistuta eran tan buenos).

El segundo y le tercer año de la secundaria estuvieron signados por el fútbol, las quintas, y el vóley, deporte en el cual se desempeñó en un equipo del colegio San Patricio, dirigido por Miguel Ángel Iribarren. Con el equipo de vóley, viajaron con chicos más grandes como Lucas Antonelli, Juani Cámpora, Fede Grosso, el Turquito Saab, Rosendo Regueiro, Manucho Echaire, “gente detestable”, bromea y agrega: “era muy feo andar recorriendo localidades vecinas con ellos”, se ríe.

Terminó la secundaria en el año 2003. Tenía 18 años y una noviecita que le tenía una noticia, luego de que vuelva de Buenos Aires, donde viajaba para ser entrenador personal (personal trainer) en IPEF. “Estoy embarazada”, le dijo. Llevaban 4 años de relación de novios. Estaban asustados pero el nombre del pibe lo iba a elegir él. El disparador fue su cruce con un perro, al que escuchó que lo llamaban: “Vení Fidel”. Y enseguida Nico flashó con El Comandante, Cuba, la revolución y su historia. Convenció a su novia (que no quería por la fuerte connotación que implicaba ese nombre). Pero terminó aceptando a cambio de que el segundo nombre sea Tomás. Creyó que quizás se lleguen a confundir el nombre Fidel con el cantante de rasta de apellido Nadal. Tenía  esa esperanza. “El nombre Fidel quiere decir fidelidad hacia las personas, hacia los seres queridos, tiene otro significado que está bárbaro” confiesa Nico buscando un por qué alternativo al líder cubano.

Capítulo aparte merece el quilombo que hicieron los amigos de Nicolás en la Clínica de la 16 y 29 luego del nacimiento de Fidel. La institución cerró sus puertas luego de este último nacimiento. Pero no por el quilombo que significó desde patearle el suero a la madre por la algarabía que provocó el primer nacimiento del hijo del grupo de amigos, hasta agarrar a Fidel y sentir que era una persona.

En esa época no era tan normal afrontar una situación de unos pibes de 18 años con un hijo como hoy, que suele ser moneda corriente. Por eso agradece el apoyo familiar que tuvo desde ambos lados, sin dejar de resaltar el miedo que hubo por la situación económica de ambos. Cecilia estaba haciendo la carrera de psicología en la UBA y Nico se puso a laburar en la Pinturería Impacto, de Carlos Valerga y Alicia Carrere, a quienes agradece por haberle “salvado las papas”. Estuvo 12 años trabajando en la pinturería de su tío y su compañera un tiempo de noche como moza del café Open Plaza. Vivían una semana en cada casa de sus padres.

Luego de 12 años de acarrear latas de pinturas, entre otras cosas, recordando un gran grupo de trabajo, laburó 3 meses en Bringieri, con Cristian Titi Ortiz y el Pelado Juan, hasta que consigue un empleo en el Renar. Viajaba todos los días en bondi al principio y luego en el Galaxy de Nahuel Fusco, escuchando rock. Una época de poco dormir. Fue inspector del Renar. Viajaba por todo el país controlando el registro de las armas a nivel nacional. La política kirchnerista respecto de este tema era restrictiva. Lo que se llamaba el Plan de Desarme con móviles que reclutaban armas para su destrucción o para declarar el arma. Verificaban las licencias de las armerías. Instalaron el sistema virtual SIGIMAC, que consistía en el registro virtual de las armas. Luego de unas vacaciones, volvió a trabajar y no lo dejaron entrar para fichar. Se desayunó con la noticia de que ya estaba afuera de la planta de empleados. Había empezado el macrismo en abril de 2016.

Luego de la noticia del desempleo, volvió la idea de poner un bar temático cultural. Fue a ver un lugar. Y no le salió la idea porque le ganaron de mano poniendo otro rubro. Sus dudas pasaban por una cuestión económica, porque ya estaba afrontando la hipoteca del Plan Procrear, gracias al cual hoy puede contar con una vivienda donde albergar a su familia. “Tenía miedo de quedar en pelotas, por más que después quedé en pelotas igual”, se ríe. Y reconoce que su compañera lo bancaba a muerte en sus proyectos y como no le salió lo del bar lo consoló rematando con una frase: “todo pasa por algo”. “Y tiene razón”, reconoce Nico, quien fuera indemnizado luego del despido del Renar, en parte, porque le quedaron debiendo unas vacaciones que nunca reclamó del gobierno, ya que era sumergirse en una burocracia que era más costosa que el monto total que le adeudaban. Con esa indemnización pudo afrontar la construcción de la casa. Tenía la tarjeta al rojo vivo para poder terminarla y afrontar una cuota hipotecaria similar a una cuota de locación urbana para vivienda.

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No podía conseguir trabajo porque en todas las entrevistas alegaban que su currículum estaba sobrevalorado por haber sido inspector del Renar. “Yo quería laburar de cualquier cosa”, se acuerda. Finalmente, consiguió trabajo de mozo en el Triángulo los fines de semana, gracias a Gabriel Fiorelli y Mariano Lima; y en la semana de peón de albañil con Hugo Guevara. Empezó a preparar pastón y alcanzar ladrillos, hasta que lo llama Nicolás “El Chiro” Zeballos desde Desarrollo Social de la Municipalidad, para trabajar con gente desempleada que no podía conseguir laburo. Fue así que trabaja hoy con Miguel Olivella y Jorgelina Silva. “Para entender a la gente que estaba tirada como yo”, buscando trabajo desde la oficina de empleo que se armó en el barrio del Unzué. También está con otros grupos de trabajo haciendo veredas en los barrios y mantenimiento de espacios verdes en Blandengues, Almafuerte y otros barrios, como cooperativista.  “Se armaron grupos hermosos con gente de barrio. Buena gente. Hay mucho prejuicio con ellos. Tienen muchas ganas de laburar quedándose después de hora”, reconoce. “Tener ganas de laburar y ser buena gente hace un combo que a mí me simplifica mucho el laburo”, reconoce.

Hoy es un eterno agradecido con la vida, que lleva descansando poco porque necesita tener un tiempo de relax poslaboral, lo que le genera discordia con Cecilia, que lo quiere hacer descansar. Tiene pendiente la carrera de entrenador personal por una cuestión de desafío: terminar lo que empezó, más que para ejercerlo. Le gustaría estudiar algo relacionado con lo social como sociología, asistente social, pero no tiene la plata, la energía y el tiempo suficiente como para hacer una carrera tan larga. Quizás hacer algo más corto como un curso de operador comunitario, como los que dicta el CEF 40. También uno de sus sueños truncos es poner ese bar temático cultural (música, poesía, cuentos, teatro) distinto a lo que se ve hoy en Mercedes, “siempre respetando los bares que hay, en una competencia leal”, fiel, como el nombre de su hijo. Más allá de los obstáculos que tuvo que sortear para llegar a ser lo que es, lleva la filosofía de vida del disfrute de cada momento porque nunca sabemos cuándo nos toca dejar el mundo y ganar tiempo haciendo lo que nos gusta.

 

La música y el fútbol

Jugaba el fútbol en Palometas. La música se le cruzó gracias a una lesión futbolística. No se acuerda quién lo lesionó. Cuando recibe la pelota de pecho, gira y siente que este sujeto lo marcó un poquito fuerte. La caricia le valió un quiebre de peroné. “Yo no lo vi. Estaba jugando de 3. Quise averiguar. Me acuerdo que quise levantarme para pegarle una piña y se me borró todo”. Le valió un yeso hasta la ingle de 6 meses de duración, como la licencia en la pinturería. Fue así que El Colo Facundo Martín y Esteban Basualdo, lo invitan a formar parte de Vi Luz y Entré, su primera banda de rock. Facundo Miraglio en la guitarra, El Colo en la bata y Esteban en bajo. No tenían ningún instrumento. Compraron instrumentos para formar la banda y Nico empezó a cantar con un micrófono y un parlantito de computadora que saturaba: “Me quedaba sin voz en todos los tiros porque tenía que gritar para que me escucharan. Empanadas, birra y puchos a morir eran los ensayos. Tocamos en cumpleaños nuestros. Sonábamos horrible. Pero qué más podía pedir. Me pasaban a buscar por mi casa y me llevaban a cantar con el yeso puesto”, recuerda. Fue ahí que le picó el bicho de la música, además de la pata debajo del yeso.

 

Don Usté

Hoy es el cantante de la banda de rock Don Usté, con ex integrantes de Fuser: Javo Heidel en bajo, el Geta en la batería, Juan Fiore en saxo y un Santana en la viola. Nico canta sus canciones, las de Javo y Koya en la Ciudad Bruno Arias, una reversión potente. Referentes de rock nacional, como La Renga, Los Piojos, Divididos y algo de folklore chacarereado y rockanrroleado, con una voz parecida al Chizzo de La Renga sonó en el ensayo del jueves por la noche en la casa de Nico, mientras su hijo Benja bailaba las canciones,  Fidel escuchaba, Cecilia servía cerveza y la prensa molestaba. Todos avizorando los futuros acústicos que se vienen de esta gran banda que ya es revelación en Mercedes, donde anda dando vueltas un EP con 9 temas.

 

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