Hugo Hernán Jaime: “A mi me dio clases Axel Kiciloff”

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Nació en San Miguel del Monte pero vivió y estudió en José C Paz • Fue carpintero, electricista, puso postes de telefonía y reparó máquinas agrícolas • Vino a esta ciudad persiguiendo un amorío y hoy es además de músico, profesor de economía • “Mercedes me trató re bien”, dice sobre su actual residencia. 

Por Agustín Castro

El Chango llega de hacer una instalación eléctrica para un amigo. Aprendió la solidaridad desde que casualmente ingresa en un colegio público de José C Paz, donde palpitó serias necesidades económicas. “No hay chucho”, es lo que gobierna su mente cuando alguien le pide una mano. Revolviendo fotos de su pasado, le volvieron muchos recuerdos nostálgicos de cuando vivía en Palermo, a 4 cuadras de la avenida Santa Fe. Pero no es porteño.

El 13 de febrero de 1973 llegó a San Miguel del Monte Hugo Hernán Jaime. Se vivía un contexto económico, político y social convulsionado por la candidatura a la presidencia de Héctor Cámpora. Justo ese día, este candidato había anunciado llevar a la presidencia al proscripto Juan Domingo Perón, si ganaba las elecciones. “Nací en el ´73 con Cámpora a la cabeza”, bromea El Chango, apodo que se ganó como espejo del apodo que él le pone a todo el mundo. Lo llamaron Hugo por su padre Aldo Hugo Jaime;  y Hernán, por Figueroa Reyes (autor de varias canciones), muy amigo de su padre y futuro padrino de su hijo. El accidente que terminó con la vida del cantante no pudo concretar tal deseo.

Hijo de una mixtura de alta combustión, tal como su hermana Laura, dos años más grande.

Su padre, Aldo Hugo Jaime (f), era de descendencia árabe y socialista. Durante la dictadura de 1966  había quemado todos sus libros para evitar ser “chupado” por los grupos de tareas. Participaba de reuniones sindicales del gremio de la UOCRA: “Lo cargaron una par de veces en el camión militar (Mercedes Benz) porque lo encontraban jugando al billar después de trabajar. Lo subían al camión y lo bajaban en Mataderos. Llegaba a la 3 de la mañana a mi casa” para encontrase con su compañera Nidia Estela Letelier Leighton, madre del chango.

Sus padres se habían conocido a través de una foto que Aldo ve de Nidia, a quien le empieza a mandar correspondencia. Se conocen personalmente y se casan en Mendoza, el día del Mendozazo, una revuelta que reprimió el ejército en 1972. Los novios terminaron de panza metidos adentro de una casa.

Al poco tiempo se van a vivir a José C. Paz y enseguida emigran para el barrio de Palermo, en Buenos Aires, hasta los 5 años del Chango que vuelven a José C Paz. Recuerda el mundial ´78 en un televisor blanco y negro, pesado, que había que prender media hora antes para que calentaran las válvulas. Los vecinos se reunían en la casa del papá de Chango porque no todo el mundo contaba con semejante tecnología para la época. “Era una tribuna que se armaba en la casilla. Los más chicos adelante y los más grandes atrás”, recuerda.

Empezó el jardín en una escuela de monjas que quedaba ubicada en la esquina de su casa. Era un chico tranquilo pero díscolo. Una de las anécdotas del jardín fue el correctivo de la monja que le pegó en la cabeza cuando El Chango pintó un limón verde y la hoja amarilla. “Eso pasa en algún momento cuando el limón está verde y la hoja atraviesa el otoño”, explicación que no fue escuchada por la monja que entendió que el chico subversivo se corría de la norma. “Yo lo pinté al revés de lo que quería la monja y me embocó. Creo que en ese momento nace mi enemistad con la iglesia católica, sin conocer la inquisición”, recuerda riendo.

En José C. Paz no hacían muchas actividades y estaban todos vestidos de amarillo, paradójicamente. Para llegar al predio había que atravesar calles de tierra. Se confundía un ternero con un perro grande. En la casa no tenían luz y su padre andaba con un farol para alumbrar a la noche.

A los 6 años de edad empieza primer grado en un colegio religioso que le quedaba cerca del domicilio. La institución estaba subvencionada por el estado, por lo que costaba un poco menos que los otros. Sin embargo, recuerda que era un “barrio áspero” donde vivía y explica la historia de José C Paz: se trataba de un loteo de una empresa que se llamaba Kanmar S.A. Era una estancia gigante que terminó siendo un loteo con casas en un barrio con mucha militancia montonera.

Durante su primaria, el Chango fue enredándose sin darse cuenta en asuntos económico-políticos en la escuela Nuestra Señora del Valle, donde había un cura mal llevado que le pegaba a los chicos a quienes obligaban a confesarse. La parodia de confesarse era acomodarse los pecados a mera conveniencia del purrete, avizorando una ardua penitencia que dependía de la gravedad del pecado. “Entonces había que tener preparados una serie de pecados moderados que no sonaran a mentiras, a los de 9 años de edad”, recuerda. Entonces formaban una fila.

Se tomaba dos bondis para llegar a pasarla mal a ese colegio. Hasta quinto grado. Él no quería viajar más porque ya costaba caro el transporte escolar, en una época en que recién se desperezaba la democracia, con la presidencia de Alfonsín.

En 1986 arranca la secundaria en la Técnica N° 1 Industrial, de donde egresó como técnico electromecánico. Su madre quería que vaya al Japón o a la técnica de Muñiz. En ese momento era por sorteo. La escuela era el trampolín del ascenso social y había mucha demanda de chicos para ir a la escuela, que te sorteaba y si no estabas en el sorteo te salteaba y perdías un año de secundaria. Entonces con la madre se arriesgaron y les salió mal.

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Fue por eso que cae en la técnica, a la que llamaban “El Gran Chaparral”,  por la serie Bonanza. El nombre era porque –decían- estaba lleno de indios, donde nadie lo obligaba a estudiar. Su padre le aconsejaba que estudie porque así iba a tener mejores posibilidades. “Y si uno cuando crece no capitaliza el conocimiento es al pedo que crezca. Y cuando crecí entendí quiénes eran esos chicos”, recuerda. En mitad del año 1986 arranca el mundial de fútbol en México. Había un compañero que había llevado auriculares al aula. El grito de gol de Valdano a los coreanos se escuchó en toda el aula y asustó a la maestra. Esa tarde salieron a festejar en un DKW al que se le salió una rueda. Mientras el motor seguía traccionando, los muchachos sustituían la rueda que faltaba por su fuerza, mientras el conductor del vehículo se las arreglaba para conducir. El Chango empezó a sentirse cómodo con sus pares en el gran chaparral, ya que anteriormente sentía timidez, porque había pibes que estaban viviendo otra posición económica y se sentía un poco marginado. En la secundaria venían todos del mismo palo y aprendió muchas cuestiones de solidaridad, de compartir lo que hay.

Aprendió también a enfrentar al poder. Se enfrentó a uno de los profesores al que apodaban El Cuco, por su fama de jodido: “Casi me cago a trompadas con este tipo, que no estaba bien. Pero no soporté la situación. El tipo te decía que a vos te faltaba el cartelito de nabo. Era muy de menospreciar y basurear. Así se comió varias cuestiones que no se la hacían a él sino a su auto. Una vez se lo dieron vuelta. Otra se lo tiraron en la cuneta al lado de la vía. Porque el tipo se hacía odiar. Un alumno lo agarró de la solapa y lo estampó contra un modular. Pero el chabón no perdía la maña. Era muy forro” recuerda. Al profesor lo terminaron mandando al gabinete psicopedagógico manejado por una psicóloga “ultracopada, dulce, que le pones un león enfrente y te lo amansa”, como la describe Chango. Fue tan así que el profesor se terminó casando con la mujer, quedando al total desamparo los alumnos de la Técnica.

Cuando llega el viaje de egresados, no tenían el sustento económico para afrontar semejante viaje. Habían elegido ir a Córdoba en carpa, ya que nadie les iba a imponer el lugar del viaje de egresados que era de ellos. Por eso, se les ocurre la idea de hacer rifas, bailes y demás eventos para juntar plata. Uno de ellos fue incurrir en un ilícito. Anécdota que me contó off the record pero que me autorizó para contarla. Tocaba una banda de heavy metal de reconocida trayectoria musical en Argentina. Y había unas entradas con consumiciones. La necesidad tiene cara de hereje. Un amigo del chango era un experto en truchar papeles de todo tipo. Les salieron igualitas. Entonces las empezaron a vender en forma paralela.

En aquellos días todo era autogestionado, como el viaje a Atucha que consiguieron por medios propios, porque nadie los quería llevar, teniendo la invitación. Un compañero se hizo pasar por preceptor y se portaron tan bien que fue el único grupo que consiguió una foto con el reactor nuclear atrás: “Hubo como una autorregulación entre pares cuando no hubo poder. El que se estaba por mandar una cagada venía otro y le decía che, no seas boludo”, se enorgullece.

Chango fue becado por el Rotary porque era muy buen estudiante. La escuela Técnica 1 de José  C Paz quedaba en la calle Zuviría que se inundaba y constituía una odisea llegar a la institución. En las calles que no se inundaban, si pasabas te vaciaban los bolsillos, recuerda.  Entonces tenía que ir esquivando charcos y chorros en una época en la que el país naufragaba.

 

Fin de época

En 1991 terminó la secundaria y empezó a laburar en una carpintería de su tío Oscar, hermano de la madre, que además le dio hospedaje. Tenía ganas de estudiar en el año ´92 pero lo imposibilitaba la situación económica. La carpintería duró casi un año, hasta que se fisuró un hueso de la mano que lo dejó inactivo durante 100 días, lo que lo llevó a encontrar un trabajo en el rubro telefonía con amigos de la secundaria. El comercio telefónico estaba privatizado.

El Chango trabajó hasta 1996, año en que empezó a mermar el trabajo al haberse cumplido el objetivo de la empresa. Con la telefonía vivió un tiempo en Lobos y en Junín, donde dormía en la camioneta al haber pocos recursos. Vivía trepado a los postes de telefonía, que levantaban a mano, cuando ya había empresas que contaban con grúas.

La forma de trabajar del Chango sedujo a los directivos de Deutz, una empresa de tractores de capitales alemanes, donde fue por casualidad y quedó contratado.

Trabajó un tiempo de guardapolvos azul con su padre en la fábrica de tractores, hasta que se ganaron un lugar en la confección de prototipos: “Fue uno de los mejores laburos que tuve”, reconoce. Fue así que empezó a estudiar en la Universidad de General Sarmiento la carrera de ingeniería industrial durante 3 años.

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En el año 2000 empezaron a trabajar en un barrio con unas amigas, realizando apoyo escolar y  roperos comunitarios. Pero la burbuja en que estaba era la empresa de producción de maquinaria agrícola. Cuando el gobernador Felipe Solá autoriza el ingreso de los transgénicos, se le da lugar a la soja. La empresa de producción de maquinaria agrícola empieza a levantar. Allí trabajó con su padre en esta empresa hasta que los echaron. La empresa pasó a manos de brasileros, pero los alemanes mantuvieron la licencia de los motores.

En el barrio había mucha hambre en el 2001. En esa compleja realidad económico-social Hernán decide estudiar la carrera de políticas sociales en la Universidad de General Sarmiento, donde estudiaba ingeniería. En esa universidad daba clases Axel Kiciloff, a quien tuvo como docente. “A mi me dio clases Axel Kiciloff” dice sonriendo al explicar que por esos días decide cambiar de carrera y estudia economía, de donde sale un voluntariado sobre políticas y derechos humanos, donde derivaba en secundarios para acercar a los chicos la política y los derechos humanos.

En el 2006 empieza a tener un trabajo estable en infraestructura escolar de la Provincia de Buenos Aires. En ese voluntariado empieza a tener más contacto con chicos del secundario y fue ahí que descubrió su vocación como docente, volcándose de lleno al profesorado de economía.

En el 2008 hacía algunos trabajos de electricidad. Paralelamente a eso, con un amigo fundaron un club de fútbol para chicos que no tenían lugar para jugar. Allí jugaba cualquiera. El único requisito era cumplir con la escuela. El Club Social Deportivo Cultural Ernesto Che Guevara salió campeón de la Liga de José C Paz, “que era una patada en los huevos para la burguesía del torneo. A los pibes los hacían jugar tapándole la cara al Che en la camiseta negra y roja. Y cuando salieron campeones desfilaron e inundaron el centro de José C Paz con los trapos rojos y negros. Más tarde les usurparon los terrenos en una movida política y salieron en una nota de Página 12 y La Garganta Poderosa de la mano del periodista Nacho Levy y Tomás Eliaschev” recuerda.

 

Llega a Mercedes

El Chango hace un cambio de lugar de trabajo siguiendo a un amorío que se venía a vivir a Mercedes, ciudad que había conocido en el año ´93 por la telefonía y de la que quedó enamorado. Había cosechado grandes amistades, por intereses culturales y le gustaba la tranquilidad del lugar, incomparable con el conurbano.

Empezó a dar clases en el Plan Fines que había sembrado el kirchnerismo para finalizar los estudios secundarios de la edad adulta. Y le impresionó la brecha de edad de gente que por diferentes cuestiones no pudieron terminar sus estudios. Una de sus estudiantes preferidas recibidas había quedado embarazada a los 17 años y no le permitieron continuar con sus estudios. Y terminó la secundaria a los 67 años, decisión que se concretó cuando su nieto le preguntó dónde había terminado la escuela.

En el año 2015 un suceso de importancia lo golpeó fuertemente en el pecho, generándole un fuego difícil de apagar: la muerte de su viejo. “El grupo humano de Otra Vez Vos fue un sostén importante. Muy valioso. Ese verano pasamos con la carroza en el corso” (ver recuadro).

Hoy esta avocado a la enseñanza de la economía desde una perspectiva abiertamente popular “para que la gente la entienda”, y no tan técnica, cuya atribución opina que “es justamente para que la gente no la entienda y crea que es sólo para un grupo reducido de poder económico”. También apuesta a la música como guitarrista de Otra Vez Vos, banda a la que incita a redoblar la apuesta en el 2018 para tocar en grandes escenarios, con nuevas canciones.

 

“Mercedes me trató re bien”

Durante su residencia en Mercedes conoció la música mercedina y se hizo amigo de los chicos de Otra Vez Vos, por medio del guitarrista Isaías Freire, con quien compartía la docencia en el Plan Fines. Hablaron de música. El Chango tocaba la guitarra en su casa como aficionado. “Las necesidades en los seres humanos desarrollan habilidades. En todo ser vivo. En unos es más racional, en otros más instintivo. Pero a los 15 ó 16 años si te querés levantar una mina la guitarra es un buen camino. Depende el objetivo tocaba rock n´roll, folklore ó Silvio Rodríguez. Cuando me encuentro con El Negro Isaías yo estaba tocando el charango. Y me invitó a participar. Y a los meses de participar en algunas fechas como invitado, terminamos por tocar en el Personal Fest en una jornada inolvidable, donde no sólo tocamos en el Personal Fest, sino también en el acampe de los bancarios sobre una de las peatonales porteñas y en un centro cultural que recién estaba abriendo, lo que derivó en que cuando entré al aula como profesor me dijeron que me habían visto tocando en una banda. Mercedes me trató re bien”.

Hoy la banda está en un proceso de rearmado, de modificación y composición para salir a mostrar una nueva faceta. El año pasado cerraron con una par de fechas en Luján y Buenos Aires y el proyecto para este 2018 es redoblar la apuesta mejorando las presentaciones en vivo. Quizás haya nuevos invitados.

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