“El coro de Amalia fue un semillero de muchos grandes artistas locales”

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Arrancó de niño escuchando el arpa del vecino • Flasheó con la música, junto al profesorado de piano de su madre • Tocó rock con Merlín y folklore con Madken • Hoy es el baterista de Black Cachivache.

“El Vasco” Fabricio es el baterista de Black Cachivache, una banda en el que fue convocado en el año 2016. Sus integrantes son: Darío “Tato” Rodejas en guitarra y voz, Gastón “Refu” Walde en bajo, el grandote Agustín Giachino de armónica invitada, “El Negro” Silvio Sequeira es el Black Cachivache: “Está, pero estorba. No te ayuda en nada”, bromea el baterista y corista de la banda, cuyo nombre hace alusión al “Negro Cachivache”, Silvio Sequeira, el manager de la banda, que se encargó de aglutinar a los músicos, luego de una caída tras la retirada del cantante.  La banda arranca en el 2015. Se trata de un cuarteto de batería, bajo, guitarra y voz.

En agosto del 2016, se presenta la nueva formación con un acústico para un programa de radio que conducía “el Negro” Sequeira. Si bien no era el estilo que manejaba la banda, fue el resurgimiento de las cenizas de la misma. Empezaron a meter algunos bares y arrancaron con todo: Tocaron en No Problem de Gowland, en Giles (Underground), y en el Rock en el Galpón, en las dos ediciones. Hicieron Round y el programa Universo del Rock. “Somos una banda de no tocar mucho”, confiesa el baterista.

Un dato de color es que “El Negro” Cachivache, una vez que logra darle aliento, respiración boca a boca a una banda que moría sin su cantante original, empieza a sonar; fue ahí que se abre para ser uno más del público. “Nos largó pelados. Con la presentación y con la coordinación en los bares. Después armamos una especie de fábula que se maneja en la banda que es que el Black Cachivache es un esclavo de los campos de algodón del Mississippi, que como era el único esclavo que no laburaba, levantó a todos los demás esclavos en contra de la patronal, y lo echaron, extraditándolo a la Argentina, hasta que nos unió a nosotros”, cuenta un Fabricio lento, pausado, plagado de pelos.

  • ¿Cómo arrancaste con la música?
  • Primero escuchando, como todos. Mi vieja era profe de piano, pero nunca ejerció. Pero tenía una cierta sensibilidad hacia la música. Mi viejo era chofer de micros. En aquel tiempo, aparte de chofer, era disc jockey de los viajes. Iba con el pasacasete musicalizando todo el viaje. Más los de larga distancia. Por eso me crie entre medio de casetes y discos de música variada: clásica, Julio Iglesias, Dyango, Tormenta, pop de los ´80.
  • ¿Pasaste por un coro?
  • Sí, el glorioso coro de la gloriosa Amalia Rosa Guaragna. Fue fundamental en mi vida. Como para muchos que hoy día están rodando en el mundo de la música. Nos consta que de esa camada han salido tremendos artistas. El coro de Amalia ha sido un gran semillero para terribles artistas como Javier Guerra, el “Negrito” Contreras, Mauri Castro. Ha despertado otras chispas de manifestaciones artísticas locales, y han salido grandes hacedores de la cultura local y zonal. Yo entré en los Torneos Juveniles Bonaerenses. El día que fui a la prueba no sabía que había una prueba. Fui a acompañar a un amigo y me probé. Yo ni sabía lo que era un coro. Un compañero del colegio, Mauri Gelves, otro gran artista, me invita al Conservatorio a probarnos. Yo le entendí que era para un conjunto o algo así, pero tenía claro que iba una semana a Mar del Plata a los Torneos Juveniles. Fuimos y nos probamos los dos. Yo ya había hecho el cambio de voz. Entonces quedé como barítono bajo. Mauri no había hecho el cambio de voz y ahí le dijo que vuelva al año siguiente. Y ahí arrancó mi carrera formal. Del ´95 al ´98 participando en los Torneos Juveniles.  Y empecé a descubrir un mundillo que estaba bueno y no medía las consecuencias de todo eso. Uno las mide un poco más de grande. En ese momento era pasarla bien, joder. No todos nos conocíamos. Después nos empezamos a conocer en una edad en la que te estas formando.
  • ¿Cómo entraste en el mundo del rock?
  • Con Agustín Vitta, actual cantante de Voodoo, Leandro González, mi sobrino, que tocaba la viola, Matías Bossie, Matías Romano y Raúl Cuachaca. Esa fue la formación de Hippies. Yo caí en un ensayo con la guitarra acústica, de colado. Después se formó lo que fue Merlín. Empezó cantando Agustín Vitta y después quedé cantando yo hasta que me abrí del mundo del rock.
  • ¿Y dónde fuiste a parar?
  • Empecé a hacer folklore, después de un tiempo largo. Seguí un poco con el coro y cuando arranco saxo en el Conservatorio me cruzo con Oscarcito Rossello. Lo acompañé en algunas presentaciones hasta que llegó Madken, una banda de folklore en la que me convocó Sebastián Neiro, para tocar el bajo. Y ahí fue cuando empecé a tratar con Armando Lamagna, un guitarrista amigo de la puta madre. Con él conocí el folklore desde otro lugar, desde el anecdotario y exploté la creatividad. Lo tomé como propio al proyecto. Después se va Sebastián y entra Lucas Maidana. Fueron los inicios de Lucas. Javier Vola en percu. Y rodamos por escenarios importantes. Hasta Catamarca llegamos en un Encuentro Internacional de Danzas. Éramos “los porteños” que iban a hacer folklore. Después volvió Seba y Guido Cardozo en la percu en la vuelta de Madken, pero fue corto. Después me retiré. Me volqué más a la parte del Carnaval con Lesionados. Y después con Los Visitantes pasando en los corsos en una carroza. Hacíamos covers de la Bersuit, alguna cumbia. Hasta que se armó Black Cachivache.
  • ¿Próximas fechas del Cachivache?
  • Ya vamos a adelantar para septiembre y octubre. Y más adelante ver que nos depara el destino. Estamos anotados para el Mercedes Rock esperando que la suerte y el azar nos juegue a favor.

 

Vida Privada: El Arpa

Nació el 28 de mayo de 1980. Hijo de Beatriz Ronanduano, jubilada municipal, profesora de piano sin ejercicio y de Ramón José Acuña, de 79 años, chofer de micros de corta, media y larga distancia, ex trabajador de Lujanera, de la empresa Cosi, de Riveiro, hoy jubilado que coordina y organiza viajes. Tiene dos hermanas más grandes: Liliana y Mónica Martino, del primer matrimonio de su madre.

De niño, vivía en la 30 y 43, en el barrio del Polideportivo. Allí, uno de los primeros acercamientos a la música fue de la mano del vecino de enfrente, que solía tocar el arpa. Fabricio se sentaba en la puerta de su casa y veía a su vecino tocar el arpa desde adentro de su casa con la puerta abierta. El volumen del arpa de Celestino llegaba a los oídos de un purrete que se iba a dedicar sucintamente a la música. Los apellidos del barrio se le fueron borroneando de la cabeza con el tiempo. Eran los mismos pibes de la cuadra 43 con quienes jugaba: Omar, Ariel son los nombres que se le vienen hoy a la cabeza, de quien fuera un “rompe pelotas atómico”, como se recuerda de pibe. Criado con su madre, su abuela y dos mujeres casi 20 años más grandes que él, mirando novelas. Era el menor de los tres hermanos al que “se le aceptaban todas las cagadas”. Vivió en ese barrio hasta que se mudan al Barrio Esperanza, hasta entrada la adolescencia, en que se mudan a otro domicilio, que fue el último con su familia, hasta que se fue a vivir sólo.

Fue al Jardín Bichito de Luz, cuando estaba en la 14. Se pasó a San Patricio hasta 6° grado. De allí lo echan y cae en la Escuela 37, junto con Franco Fornaza, un compañero con el que habían realizado la primaria en San Patricio. Y el secundario lo siguió en Parroquial, en la división Juan Pablo II o “B”, que era la rama de la computación. Allí egresa en el año 1998.

Empezó a pesar en estudiar varias carreras. Quería hacer algo referido a la Comunicación Social. Le interesaba también la Gastronomía. Terminó estudiando Analista de Sistemas en el Instituto de Parroquial a la noche. Terminó la cursada adeudando un par de materias y se fue a la Universidad de Luján (UNLU). Entre medio  se tomó un año sabático en que empezó a incursionar en el saxo, en el Conservatorio de Mercedes, dejando para siempre el mundillo de las PC.

Paralelamente, empezó a trabajar, en el año 2001, en la Municipalidad de Mercedes, donde aún permanece como empleado de varias áreas. “Cambian los gobiernos, quedan los artistas”, bromea parafraseando a Enrique Pinti. Hace un año lo destinaron al sector del Centro de Día para consumos problemáticos, aparte de laburar como administrativo, da un taller de música destinado a los usuarios del centro de día. Amplían la escucha musical, de distintos países, géneros. Ven documentales sobre artistas, instrumentos y demás, ampliando el conocimiento y la escucha musical. Fabrican instrumentos pequeños, para utilizarlos en la ejecución de ritmos.

Durante su paso por el coro, Fabricio conoció a la madre de dos de sus hijos. Hoy vive con su actual pareja, Jenifer López, con quien tiene un hijo: Nehuen.

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Autor: Redacción

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