El centro comercial a cielo abierto

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Fue en los noventa que surgieron los Shopping. Y en las ciudades del interior la necesidad de reinventar el centro comercial. Hoy día –tal cual están planteadas las cosas- el centro comercial atenta contra el paseo de los posibles consumidores.

Por Javier Guevara

Fue en los noventa que surgieron los Shopping. Y en las ciudades del interior la necesidad de reinventar el centro comercial. Y es que se entendió que el paseo de compras era una necesaria evolución del centro comercial tradicional.

Por aquellos días, la Cámara Económica comenzó a buscar impulsar la necesaria creación de un centro comercial a cielo abierto, que es una construcción colectiva –por decirlo a alguna manera- con una altísima injerencia estatal a los efectos de hacer de un determinado sector de la ciudad, un paseo de compras. Que –como tal- cuente con diversos servicios. Además de precios competitivos y todo lo demás.

Existe una ordenanza que sancionó el cuerpo por unanimidad y que destinó fondos tendientes a cumplimentar ese objetivo.

Lo más parecido a ello, es la iniciativa de cortar la calle 27 (de 24 a 26) durante el verano.

Esa iniciativa (buena o mala) busca apuntalar una de las fortaleces que tiene uno de los puntos más transitados de la ciudad. Pero en soledad, solo termina beneficiando a los frentistas y complica al resto de la actividad.

Por supuesto que es positiva la iniciativa y la búsqueda de fortalecer una actividad del centro comercial. Pero así, en soledad, puede llegar a naufragar una idea que acompañado de otras baterías de medidas permitiría revitalizar el centro comercial.

Hoy día –tal cual están planteadas las cosas- el centro comercial atenta contra el paseo de los posibles consumidores. Y es que hay serias dificultades para llegar en vehículos y las veredas son angostas. O sea que son incómodas para transitar e incómodas para llegar. No hay lugares de descanso del transeúnte y prácticamente no hay cestos que alberguen los residuos.

Ellos son –a simple vista- inconvenientes que se producen en un sector. Sin contar que –a determinada altura del año- las aves que se alojan en el follaje de la zona céntrica hacen extremadamente antihigiénico (por no decir otra cosa) estar a la sombra.

Por supuesto que no es fácil ni económico transformar ese estado de cosas. Pero debería existir al menos un programa consensuado para avanzar en algún sentido.

Hace un par de años atrás la labor conjunta entre comerciantes, Cámara y estado comunal le dio nacimiento a un fin de semana peculiar en el centro comercial en vísperas de las fiestas. Por supuesto que el estado no debe hacer todo, pero debería promover un debate entre los frentistas de la zona comercial y profesionales del urbanismo a los efectos de comenzar a establecer pautas comunes. Que seguramente redundarán en un futuro en beneficio no solo de los ocasionales comerciantes, sino también de los propietarios de los inmuebles que deberían hacer un esfuerzo para mejorar las cosas.

El estado comunal solo no puede y no debe hacer todo. Los comerciantes no pueden y no deben esperar que el estado haga todo. Tampoco el estado puede esperar que sean los comerciantes quienes comiencen esa transformación, porque es necesaria la articulación entre lo público y lo privado para poder alcanzar logros que transformen el estado de las cosas.

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Autor: Redacción

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