Editorial: No tanto fracaso

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Es cierto. La historia insiste en recordar a los campeones. A los que alzan la copa. Pero la historia insiste en tantas insensateces que sería hora de no darle siempre tanta trascendencia.

Además, es mentira que es un fracaso ser el segundo mejor. ¿De dónde ha salido eso? ¿En donde está escrito que el único lugar válido es el primero? Y así estuviese escrito en alguna de las doce tablas, sería una afirmación ruin y utilitarista.

Por supuesto que lo más grato es obtener el título, la presea dorada o el lugar más alto del podio. Pero pensar eso como el único resultado que garantiza el éxito es poco noble para aquellos que se quedaron en el camino.

El éxito o el fracaso de una competición no se puede medir por un resultado. Son innumerables los ítems que se deben tener en cuenta.

Esto viene a cuenta de la artillería pesada que se desplegó sobre el seleccionado nacional luego que perdiera una final de un torneo de fútbol, por segunda vez en menos de 12 meses. Y claro que hubiese hecho más feliz al pueblo argentino que fueran los chilenos quienes erraran los penales. De haberse dado eso, seríamos los mejores de América. Pero por marrar dos penales, ¿somos los peores? Decididamente no.

Se insiste: a nadie le gusta perder. Pero no se puede medir el éxito o el fracaso por un mero resultado.

La selección Argentina tiene la obligación –por su historia, por su trayectoria y por sus jugadores– de ser protagonista de un torneo. Lo fue en el último Mundial, donde perdió –a no dudarlo– ante el mejor equipo. El que goleó y bailó al local.

Y en la última Copa América no tuvo un buen desempeño. Jugó ante un rival que a todos los demás los arrinconó en su arco. Con Argentina no pudo. Es cierto: no ganó ninguna de las finales. Y eso la convierte en subcampeón y no en campeón. Pero no necesariamente en fracasados.

Los argentinos desean que alguna vez se haga justicia y se confirme esa suerte de supremacía que –muchos entienden– existe. Y es posible que Argentina tenga buenos jugadores, buenos vinos y quién sabe cuantas cosas más. Pero eso no nos convierte en los mejores del mundo. Y tampoco es un pecado no serlo.

Medir el éxito o el fracaso en un límite tan estrecho nos puede conducir a siglos de frustraciones. Y eso es lo que se debe evitar, en lugar de buscar con tanta liviandad un éxito que nunca será perenne.

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Autor: Redacción

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