Diego Martín Velázquez: “Soy muy consciente de todos mis errores”

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Es el bajista de “El Buitre y La Otra”, una banda porteña, y de la blusera SoulShelter • Pasó por distintas formaciones: Mil Veinte, Pie de Brujo, Camino a Chinar y Outbreak, que está en stand by, a la espera de un bajista.

Diego Velázquez abre la puerta de su casa y enseguida sale, detrás de él, un Pit Bull en su defensa. “No te hace nada”, aclara. Ya en la sala “In Room”, su negocio en el rubro de alquiler de sala de ensayo y grabación, se acomoda para deslizar su vida en media hora, haciendo tiempo para asistir a la clase de canto con Amarilis Díaz, a quien le pide el máximo criterio de exigencia para mejorar como cantante, abordando el idioma castellano, en el que se siente tan raro cuando le mete una melodía, acostumbrado a cantar en inglés con Outbreak-Grunge Years, una banda local lanzada al ruedo en el 2012. Lleva un cuarto de dedo índice en su mano izquierda, a causa de un accidente doméstico, lavando ropa en su casa, momento en el cual un cubre cama le hizo un torniquete que le arrancó dos falanges, indispensables para tocar la viola. A raíz de eso, pensó que iba a entrar en una profunda depresión. Pero no se lo permitió. Aunque se bajoneó un poco: “porque tampoco uno es Iron Man. Encontré la forma de superarlo. La guitarra es una herramienta de mi vida. Aunque irónicamente, me cambió mucho la forma de tocar. En un punto, lo tomé como un toque personal. En el bajo, prácticamente, no me influyó, a pesar de que toco un bajo ancho de 5 cuerdas. Sólo un poco en la apertura de dedos. Pero en la guitarra me afectó cuando tengo que hacer los acordes mayores que necesitan los 4 dedos, con la cejilla”, confiesa el bajista de dos bandas: El Buitre y La Otra y SoulShelter Band, que el 1° de junio pasado fue telonera del blusero Daniel Raffo & su banda “King Side”, en el ex Teatro Argentino.

  • ¿Cómo arrancaste con la música?
  • Desde chico me gustaba la música. Mi vieja tenía un grabador Aiwa donde yo ponía los casetes que ella escuchaba: la banda sonora de la película Flash Dance, Julio Iglesias, Roberto Carlos, María Marta Serra Lima y algunos otros románticos. También escuchaba Roxette como una música pop novedosa, en un walkman que me había comprado mi vieja. La mayor parte de las veces los cassettes eran prestados. Y los copiaba en un TDK, en el centro musical de doble casetera. Me llamaban mucho la atención esas guitarras distorsionadas con chorus de Roxette. Así es como fui conectando con la música. Ya a los 12 años empecé a tomar clases de teclado durante un año, aproximadamente, y a los 14, arranqué guitarra con dos amigos, en la casa de Gustavo Florella.
  • ¿Cuál fue tu primera banda?
  • Se llamaba Mil Veinte. Éramos unos pendejos de 15 años: Marcos Giorgi, Ana Giorgi en el piano, Sergio Contardi en la voz. Ensayábamos en una piecita de una casa de Sergio, en la calle 20 y 45. Después armamos Pie de Brujo, con covers de Divididos. Y cuando me voy de esta última banda, entré en una etapa de crisis e inestabilidad. Me aburría. Pero no aguanté mucho tiempo sin tocar. Y ahí fue que me llamaron de Camino a Chinar, con Teodoro Herrero. Tenía 19 años. Llegamos a grabar con el “Millo”, sonidista de La Renga, en la quinta de un amigo. En ese momento, hacía la guitarra líder de Chinar, hacía algunos arreglos, la rítmica y los solos. Estuve con Camino a Chinar hasta los 26 años. Se desgastó la relación porque me empiezo a aburrir un poco. Estaba Teodoro Herrero en la voz, “El Pipi” Díaz en batería, Norberto Ruiz Díaz en el bajo y ensayábamos en este lugar (In Room) que era un galpón.
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Cuando se va de Chinar, empieza a plantearse la posibilidad de tocar la guitarra y cantar, con otra óptica y con la influencia de Soundgarden, que solía escuchar en el colectivo cuando viajaba, explorando la posibilidad de cómo romper la voz sin romperse las cuerdas vocales. Era una cuestión de técnica que sólo podía lograr empezando clases de canto. Fue así que arranca a estudiar canto y batería. Y posteriormente, bajo y guitarra. En ese interín, nace Outbreak, una banda que supo marcar un estilo en el rock local presentándose en los escenarios de diversos lugares de la ciudad como Villa Curva Bar y No Problem Bar de Gowland, como en Gier Music, de Capital, dejando como legado un disco con la voz y viola de Diego, junto a Nahuel Lagos en batería y Sergio Pereira en bajo.

Diego parece un pibe difícil de abordar, áspero en el trato y distante. Pero enseguida se encarga de desmitificarlo: “No soy áspero. Por ahí la forma en la que hablo, pero me gusta ser recto, sincero y directo, sin ser agresivo. La perspectiva de las cosas te va cambiando con los años. Antes zapaba, paveaba, ahora me pasa que si zapo y no va para ningún lado, me aburro conmigo mismo. Soy muy autocrítico y no creo a veces ni cuando me felicitan. Obviamente, con respeto agradezco pero en el fondo creo que hay que dar un poco más. Y eso me mantiene exigiéndome. Soy muy consciente de todos mis errores”, se autodefine.

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Vida privada: Desarma y Sangra

Nació el 20 de agosto de 1983 en Mercedes. Hijo de Mirta Mosca (f) y de Antonio Fernando Velázquez, un marino mercante fallecido hace alrededor de 8 años en un accidente de tránsito en la costa. Tiene 3 hermanos: Fernando (47), que reside en San Andrés de Giles, Fernanda y Rocío, que vive en Luján.

Sus padres vivían en Moreno y vinieron a Mercedes para el nacimiento Diego y se volvieron a Moreno, ciudad en la que residió con su familia hasta los 4 años. Su madre era ama de casa y a su padre lo trasladaban por todo el país. Al poco tiempo, sus padres se separan; Diego y su madre se vienen a vivir a la casa donde actualmente reside, ubicada en la calle 20 entre las calles 9 y 11.

“Siempre me gustaba investigar el porqué de las cosas. Agarraba los juguetes y los abría a ver qué tenían. Una vez, agarré una máquina aspiradora. Tenía la idea de hacer un karting con el motor eléctrico”, recuerda.

Durante la primaria fue a la Escuela 2, donde le daban el doble de tareas que a los demás porque terminaba rápido, se aburría y molestaba: “Éramos dos o tres que estábamos en esa historia”, recuerda sonriendo.

La secundaria la cursó en el Colegio San Patricio. De las aulas palotinas, sacó la amistad de Mauro Rementería, “Maxi” Swaroski, Sergio Contardi y otros que alberga hasta el día de hoy.

Terminado el secundario, no sabía que iba a ser de su vida. Guardaba de chico esa habilidad en armar y desarmar juguetes, que luego trasladó para laburar de técnico reparador de PC, que profundiza estudiando en un curso que dictaba la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

A los 26 años arranca la carrera de Sonido en Tecson. Fue así que empezó a averiguar acerca de la cuestión de las grabaciones y armó todo un círculo en torno a eso, hasta que logró construir “In Room”, su propia sala de ensayo y grabación. “No es fácil. Es bastante duro por momentos. Pero es lo que me apasiona. Y mientras pueda mantenerlo, lo voy a hacer. No es un trabajo convencional, ni standard, pero bueno, tiene sus cosas buenas, que por momentos baja. Y pensás que te estrellas, y por ahí, rozas, y subís de nuevo. Es muy fluctuante”, confiesa.

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